Érase una vez, en un valle conocido por sus tierras fértiles, un joven alfarero llamado Elías. Elías era talentoso, pero vivía preocupado por sus ventas. Cada vez que su pila de vasijas se reducía, sentía una punzada fría: “Me voy a quedar sin barro. Me voy a quedar sin dinero.” Y, extrañamente, cada vez que pensaba eso, el barro en la orilla del río parecía más escaso y las vasijas se rompían en el horno.
Un día, llegó al pueblo un viejo sabio errante, conocido como el Maestro Zafir. Elías, desesperado, le mostró su pila de vasijas casi vacía. —Maestro —dijo Elías—, la vida es una lucha constante. Temo la carencia. No hay suficiente barro para hacer la alfarería que necesito, y no hay suficiente gente que compre.
"Estás mirando el efecto, no la Causa. El Granero verdadero es invisible. Contiene una Sustancia Pura, ilimitada, que llamamos Provisión Universal."
El Maestro cerró los ojos y declaró: “YO SOY el Barro Ilimitado. YO SOY el Cliente Perfecto.” Explicó a Elías que su mente era el banco, y sus temores eran las órdenes de retiro. Le entregó una pepita de oro como recordatorio: “Cada vez que sientas miedo, repite: ¡Anulo y disuelvo la carencia! YO SOY la Provisión que fluye sin cesar.”
Elías comenzó a practicar. Cuando su mente gritaba "¡Falta!", él respondía: "YO SOY la Plenitud." Poco después, no solo encontró el mejor barro, sino que un mercader llegó buscando cien de sus vasijas. La Sustancia Universal había tomado la forma del Cliente Perfecto.